Buenas noches, ‘Generación’: la épica del pop en lo último de Carlos Lechuga

Parte del elenco de ‘Generación’, cortometraje de Carlos Lechuga y Marco A. Castillo

Dice Nara Mansur que el pop nos salvó de no morir en la guardarraya, y que cuando repasa los álbumes de su infancia, se le hace que la épica revolucionaria cubana estuvo más salpimentada de Pimpinela y Mirtha Medina que de Silvio Rodríguez. No en balde pues, “Pólvora mojada”, en voz de Beatriz Márquez, es el tema elegido para Generación, esa obra audiovisual donde el cineasta Carlos Lechuga (La Habana, 1983) y el artista Marco A. Castillo (Camagüey, 1971) –uno de Los Carpinteros–, apelando asimismo a la paleta setentera de Raúl Martínez, prueban a retratar las ilusiones perdidas (abortadas, s/cegadas) de una década acaso no precisamente prodigiosa.

Visto primero en la última Bienal de Arte y exhibido recientemente –sin penas ni glorias entre la crítica– durante el Festival Internacional de Cine de La Habana, el cortometraje nos recuerda que en Cuba va!, exposición de Marco y Dagoberto Rodríguez que culmina este enero en los Estados Unidos, se han estado proyectando Comodato y Retráctil, otras lecturas políticas del pasado y el presente de la sociedad cubana gestadas por Los Carpinteros. En relación con Carlos –según una entrevista que concedió a OnCuba en 2019–, Generación sería el parteaguas de un giro hacia una etapa diferente de su cinematografía, más interesada en “la atmósfera, el misterio, lo visual”, y le habría servido como terreno de ensayo de “algunas de las ideas que quier[e] probar” en “Vicenta B.”, el próximo largo que se trae entre manos y que viene inspirado por su abuela.

Producida en un interregno ambiguo, entre el videoarte o el videoclip, la ficcionalización y el neorrealismo, esta obra en coautoría dice igualmente de la diferencia de los ámbitos de proveniencia de sus creadores, e incluso de cierto diferendo generacional que naturalmente los distancia. Obviando que el vestuario no siempre cumple el cometido de representar los setenta, llegan a imantar sus tonos sepia, que remedan los de la casa privilegiada como locación, a la vera del río Almendares, y que otorgan a la pieza una visualidad llamativa por su sobriedad, entre elegante y nostálgica. La gama de esos colores, sin embargo, será interrumpida por la estridencia de las rosas y los rostros de Raúl Martínez, del mismo modo que la ilusión dramática lo será por la pose o la impostura de los protagonistas, que incluso llegan a mirar como de hurtadillas a la cámara. De hecho, las geometrías del espacio (tres plantas, escaleras, balcón y amplios ventanales acristalados o de madera) se integran y pautan con el ritmo de su arquitectura (entre cuartel y vitrina) la cadencia del ocio y de la camaradería en que se hallan envueltos los retratados, como en una nube. Caminando de un lado a otro, subiendo o bajando peldaños (pausados pero sin pausa) e interactuando sin ocultar que los mueve un libreto, estos jóvenes –conocidos unos cuantos por su propio arte– integran un cuadro en movimiento que no escapa de la extrañeza o del distanciamiento brechtiano, lo que evita casi toda implicación de los espectadores.

La cancionística del español Pablo Abraira –en boca del cual “Pólvora mojada” pierde todo el significado emancipatorio que gana con la Márquez– otorga a la pieza una profundidad íntima, dramática, que coloca al video en el terreno de lo amatorio, si bien es evidente al finalizar que la tesis de los autores es adentrarse en el divorcio de toda o parte de aquella generación con la épica del momento. Este recurso sonoro, junto a la uniformidad del color, a las alineaciones como para retratos y a las “coreografías” maquinales (automáticas), pasando por la espacialidad, engendra ambivalencias en lo filmado y expresa a nivel simbólico tanto la estructuración pautada y masiva del ser en colectivo como el desdibujarse de las individualidades, su disolución (de suyo, uniformada) por las instancias del Estado (escuela, trabajo, organizaciones de masa…).

El pop como “pecado original”, como lugar-imagen que puede representar la corriente de frenesí que nos recorre muchas veces en plena juventud (mezcla de fascinación, entrega, riesgo, rebeldía…) se manifestaría en contradicción con la búsqueda del “hombre nuevo” como ser de una sola pieza (o de múltiples engranajes y resortes, de funcionamiento exacto como el de un reloj). La música (hoy el pop, mañana la salsa, pasado el reguetón…) parece así espacio de encuentro entre contemporáneos, pero de resistencia más que ideológica, de barricada… O poción de olvidos, agua del Leteo. La felicidad compartida por los presentes (del juego de azar a la guitarra, de las bebidas al baile) contrasta con la nulidad de diálogo entre ellos y la instancia de poder (¿patria?, ¿Estado?, ¿ley?) que los visita, que parece observarlos a través de las ventanas. El huésped, sin embargo, no es bienvenido, y los de la Generación prefieren mantenerse como fuera de juego, preservar su integridad en tanto individuos, desintegrándose.

Cartel de ‘Generación’, Carlos Lechuga y Marco A. Castillo, 2019

El tema de la muerte joven, del sacrificio o no por un mundo/un espacio-tiempo que nos excede (inspirador de la fe en un “más allá” socialmente paradisiaco), se entremezcla con el de la posesión a través de la melodía. Entonces me viene la pregunta –siendo que es mi contemporáneo y que nos conocemos del balcón de un amigo común, donde también fuimos felices ayer casi irresponsablemente, ¿será que Carlos Lechuga (Cuca y el pollo, Melaza, Santa y Andrés…) siempre está escribiendo, filmando, hablando de amor? ¿Será que los procesos sociales (y los amores) han de ser siempre esta lucha ridícula entre libertad y entrega, este monopolio monógamo de fidelidades? La superposición temática le da al video más que una voz poderosa que morimos de ganas por escuchar otra vez cuando todo termina: le da pistas de lo equívoco de un canto monorrítmico, monocorde.

Quizás por eso la canción, que ya había sufrido una primera mutación de sentido al ser interpretada ya no por un hombre sino por una mujer, prolonga su juego de espejos por segunda vez, y la despedida que rezuma vitalidad –al oído– concluye –en la imagen– con su contraria. Donde la posesión quiere ser total, la sed de libertad empuja las talanqueras y salta al vacío. Pero no salta sola. Cada vez parece acrecentarse el número… como si llegaran más, como si se corriera la voz de una j/hornada a la otra.

Incluso, aunque el espectador no se implique del todo, en ciertos pasajes, donde el protagonista mira a la cámara o en aquel donde el fotógrafo se vira hacia nosotros y nos apunta, entramos/estamos ya dentro del rodeo generacional. Lo sabemos porque el lazo de la desilusión no has rozado, pegando un enorme mordisco en la libreta de direcciones, y porque la gravedad de la situación también nos alcanza, pone su marca fresa sobre nuestras bocas. Como las rosas de Raúl Martínez, que cuando no escoltan, ahogan; que cuando no dejan vivir, matan.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
avatar