Jorge Luis Borges

En una de sus conferencias para la televisión argentina, Ricardo Piglia ha observado que existe una ostensible diferencia entre los textos de Borges anteriores a 1955 (el año en que su ceguera se volvió definitiva) y los que publicó después de esta fecha. La razón fundamental sería, más allá de lo obvio, la incapacidad de llevar a cabo las minuciosas, profusas correcciones que acostumbraba a prodigar en sus manuscritos.[1] Aunque quizá sea excesivo postular una división tan estricta en la obra de Borges,[2] no me interesa aquí debatir con Piglia sino comentar un libro que aborda la manera en que el mayor escritor argentino del siglo XX se enfrentó a la imposibilidad de continuar leyendo:[3] Con Borges, de Alberto Manguel.

Políglota deslumbrante, bibliófilo empedernido, compilador de enciclopedias y autor de varios ensayos incesantemente amenos, Manguel es, en una época poco propensa a la lectura, un personaje casi renacentista que no suele condescender a la trivialidad o el aburrimiento: este libro no resulta, ciertamente, la excepción de la regla: lo que nos ofrece aquí es el fascinante relato de la época en que se dedicó a leer para Jorge Luis Borges.

No se trata entonces del enésimo texto memorialístico más o menos superfluo, sino de un interesante estudio de los hábitos de lectura borgianos, un espléndido complemento (en miniatura) al Borges de Bioy Casares. En efecto, como este último volumen (sin duda el testimonio definitivo sobre la vida privada de Borges y sus opiniones contundentes), el libro de Manguel sondea el vasto catálogo de la biblioteca borgiana. Con una diferencia crucial, sin embargo: en el diario de Bioy Casares se registran las interminables conversaciones sobre literatura que este sostuvo a lo largo de cincuenta años con su célebre amigo; Manguel, por el contrario, nos permite acceder, por así decirlo, a la lectura borgiana en tiempo real: todos los gestos, los sorprendentes comentarios y las inconcebibles proezas mnemotécnicas suscitadas por un verso de Virgilio o un fragmento de Stevenson se despliegan ante nosotros y por un breve instante creemos contemplar, a través del espejo velado del tiempo y la memoria, la imagen de Borges –su gran sombra– con una inmediatez que muy pocos libros consiguen evocar.[4]

No es esta, sin embargo, la única virtud de este volumen: su mayor interés radica, a mi juicio, en el prolijo catálogo que esboza de la verdadera biblioteca borgiana. En efecto, como el propio Manguel nos recuerda, a lo largo de los años el interés siempre creciente por todo lo relacionado con el gran escritor ha engendrado una abigarrada e inextricable mitología que no excluye, como es natural, la composición de su biblioteca. Así, circulan las hipótesis más descabelladas y muchos parecen pensar que el pequeño apartamento de Borges contenía centenares de miles y aun millones de libros. Manguel disipa estas pertinaces ilusiones y nos muestra los auténticos textos que informaron esa inteligencia incomparable.

Mucho de esto ya lo conocíamos por otros testimonios,[5] pero no creo que exista otra relación tan minuciosa y perceptiva de los libros que siempre acompañaron a Borges: no se trata meramente de mencionar los títulos sino de un verdadero catálogo razonado, un inteligente comentario de casi todos los textos que enfatiza su función y su jerarquía en la geografía de la imaginación borgiana, ese portentoso universo verbal que continúa seduciendo y desconcertando a millones de lectores. De esta forma, lo que había comenzado como mera evocación de una faceta poco conocida de la vida intelectual de Borges se convierte en una pequeña obra maestra, acaso indispensable para la auténtica intelección de un escritor tan complejo.


Notas:

[1] Como sabe cualquiera que haya contemplado una foto de alguno de sus borradores, estas correcciones –hechas a lápiz con una letra minúscula– proliferan y sugieren el movimiento incesante de un intelecto que no se conformará con algo inferior a la perfección.

[2] Después de todo, en los treinta años que le quedaban de vida, Borges compuso libros tan notables como Elogio de la sombra, La rosa profunda y Nueve ensayos dantescos.

[3] La imposibilidad de leer es sin duda la consecuencia más devastadora de la ceguera para alguien que se definía ante todo como un lector.

[4] Esto tiene mucho que ver con la elegante prosa de Manguel: en sus mejores momentos alcanza una refinada precisión, una magnífica sutileza que no es inferior a la de su admirado maestro.

[5] El propio Borges comentaba gustosamente en las entrevistas el contenido de su biblioteca, pero, como todos saben, el autor de Ficciones no era precisamente ajeno a la mistificación.

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