Fotografía Raymond Depardon

Boca y pájaro hacen la novela del flujo. Tú y la mano, la mano inventando la muerte del pájaro, del palito, del gato, de la muchacha, de un hombre con los zapatos ridículos siempre flotando. Entonces dije: la mirada de la muchacha fija en el pájaro inerte. El pájaro sumatoria de todos los fragmentos, allí los labios. La vergüenza. El vaho del gato muerto, dolor acumulado, ciclos dilatando el espíritu.

Por encima de todo lo anterior, lo que existía era la bahía tapizada por la noche, el ruido de la lancha de Casablanca, el gato recobrando al pájaro. De pronto descubrí que los zapatos dejaban de flotar. Solo el palito continuaba colgando:

El invierno relacionado con la abundancia y desorden de las palabras conserva al pájaro enterrado… mi culpa se transforma en la luz que rodea al cuerpo muerto, digo: hizo la diáspora por donde comenzaron a formarse otros seres numerosos con alas. Comenzó a formarse el tumor a través del cual la realidad fue perdiendo terreno, perdiendo el organismo acumulado por la ausencia del vuelo. Mi culpa despoja, actúa en el crecimiento, en cierto protagonismo de la ornitología, superficie semejante a la estrella que deja de contraerse y se estabiliza en un posible estado final (enana blanca); su sueño tiene la propiedad de recrear un vigoroso tumulto de pájaros que avanzan hacia cruces de madera clavadas. La comprensión de mis labios sobre los suyos ya no puede ocurrir desde el ruido incesante de estos pájaros que invaden el parque, ocurre en el reposo de los que han pretendido la inmortalidad, estos entran con su avidez de criaturas insaciables en la extravagancia o simbolismo de un padre.

Este libro podría llamarse culpa o luto, o simplemente un imprevisto que te cambia el destino, la profesión, las futuras amantes, las amistades, los lugares donde vas a vivir y otros acontecimientos de tu biografía; este libro es un gesto brusco del cuello, tan brusco que lo invaden los olores, lamentos, objetos, personas que me han tratado de contener como a un recluso. Nada puedo hacer para no escribirlo, para no reescribirlo: estará prendido del tejido que uso, interfiriendo en la película que veo. A sus páginas regresarán las pacientes de siempre. Este libro es la complejidad a la que fui destinado, tantos rostros anónimos que amé hasta la desmesura, cuerpos que rocé con inocencia.

El verdadero horror es, sin dudas, lo que antecede al desastre, con esa espina de cítrico he tenido que convivir: cuando niños percibimos las relaciones de los adultos a la mitad, es como estar condenados a una situación de eclipse. Hasta ahí todo puede parecer normal, lo absurdo es que no se nos prepara para la hora de abandonar el eclipse. El horror no siempre se relaciona con la demolición que en mi caso particular ha transitado por varias estaciones: sobresaltos que aportan un modo de sobrevivirlo, consuelo, endurecimiento del tramo pantanoso. Lo que opera es el exceso de fastidio acentuado en esas temporadas, aquel por el que no llegamos a delimitar con claridad la línea divisoria entre realidad y sueño.

Los campos verdes creciendo en tu memoria y la mía, el grano madurándose, son como un organismo que nos ata las manos, una rosa profunda en la noche. Yo incorporo al cuerpo de mi madre, almacenado entre sacos de arroz (de esto hablé en La muerte del magister), le doy un sitio justo donde no pueda obstruir, un lugar para su bondad… Nos acercamos al movimiento de los viajeros, de ese barco que deja atrás el faro y la bahía con sus luces artificiosas. Su cuerpo nace con el mío, nos pertenecemos sin extender las manos para asir. Eso nos sorprende, nos hace retroceder, y a veces sientes bajar desde el hombro hasta el pezón la esperma fresca que hemos rozado con los labios en medio del ritual.

En alguna vieja libreta escribí sobre mis visitas al manicomio: mi madre bajo el efecto de los medicamentos después de su suicidio inacabado. El personaje de mi madre se relaciona con el desastre y la salvación; sin esa torcedura hubiera terminado como ingeniero hidráulico o cirujano. Cuando mi madre quebró las estructuras, estaba quebrando lo que el plan divino me tenía predestinado, mi madre que avanza por el largo pasillo jarro en mano y cuchara golpeándole el fondo. Por allí pasó también el comandante Ordaz en su jeep verde olivo y todos quedaron presos de un gran orgullo. En realidad no escribo sobre eso, escribo tratando de esclarecer mis encuentros con alguna que otra enferma.

Interminable el viaje, latoso. Río Cristal era la señal de que estábamos cerca del manicomio; a veces, o más bien casi siempre, me acompañaba el tío Alberto. Ese demostró su gran tenacidad, dijo que se moría en el cuartucho de Monte y Águila, y lo cumplió. Mis padres le dejaron una excelente casa en el reparto Capri, y él la negoció por un flamante refrigerador americano que había sido adquirido por sus dueños originales en la época del gobierno de Carlos Prío Socarrás.

Tío Alberto era el rubio de la familia, y salió tan negrero que jamás le conocí ninguna mujer algo más clara que mulata. Así tuvo varias morenas, hasta que decidió instalarse definitivamente con Candelaria en Monte y Águila, donde falleció.

A la espera de la noticia, en total sobresalto, el cuerpo soporta. De pronto tenemos la sensación de ir perdiendo los miembros (recuerdos de una novela sobre la guerra), de ir perdiendo la boca, el habla, los cuerpos de una integración. Lo más difícil es acostumbrarse a soportar cambios bruscos, a entre alturas y descensos crearte tu propia línea del horizonte y que tu mente no se deje provocar por lo que existe por encima o por debajo de ella. Hay que entrar desnudo en los sueños, aceptar que somos parte de la noche, saber que tu padre sostiene un cigarro, que guarda un secreto que podría destrozar definitivamente tu nuca y todas las ilusiones de una pequeña hija. Lo más grave acontece cuando me percato de que soy el sitio de la noche ocupado por mi padre. Mi hija insiste en que la deje visitar la noche una y otra vez. Soñó que allí estaba su abuelo, le digo que me abrace y trate de escuchar.

Las ruinas de Monte y Águila contienen un canto a la demolición espontánea. Las ratas, el orine, un hueco, revelan el pobre testimonio de los seres que convivieron en ese espacio. Allí estuvo el tío Alberto por más de treinta años haciéndole el amor a Candelaria y huyéndole a la yunta de bueyes que sus hermanos sufrían en cada jornada transcurrida en la finca del Palmar de Viñas. Y quién le iba a decir que gracias a un gordo que él no podría leer ni por equivocación, y mucho menos entender, su nombre pasaría a formar parte de los códigos nacionales.

Los días ocho de cada mes, Candelaria se levantaba temprano y se iba a cumplir con la Virgen de Regla. Quisiera entrar por ese hueco, entrar con otros cuerpos, salpicar de esperma las paredes húmedas, mezclarme a los olores de ese pedazo de destrucción parte de nuestra identidad. Desatado, listo para que lleguen Violeta, Cristina, Carol, Verónica, que es en sí otro hueco mayor; fabricar una ruta tras Verónica, colocar las vigas, reconstruir el submarino que compartimos en una taberna de Curitiba, sumergirnos en el volumen de cerveza y debajo del pequeño recipiente de coñac volver a desaparecer.

Dentro del coñac cabe todo, enormes frascos de vidrio en cuyos fondos descansan insectos, pequeños animales marinos, reptiles, frutas, semillas, arácnidos, buena parte de la naturaleza muerta macerada por deseo de los seres nocturnos que van a dejar un poco de su excitación en ese bar de un barrio judío.

Ella fue ingresada una mañana de septiembre, llevaba entre los brazos la muñeca gris… la fractura de la moralidad, aquello que calificamos como lastre, un centro frío hacia el estómago que invade y nos perturba. Provenía de la tierra, de esa densidad que lo copa todo y provoca una colonización del reino de los gestos, un proceder artesanal, un modo de interpretar la realidad que termina enriqueciendo el sabor de los alimentos.

Con un poco de esfuerzo aún puedo recordar, sufrir el polvillo que se desprendía de los sacos de arroz. Pesa esa usura, me limita con intermitencia. Después logro vencer, flotar por encima de aquella costumbre de acumular bienes y parapetarme tras ellos como si fuera la más ideal de todas las trincheras. Muchos entre los míos llegaron a comentar que había roto con toda una tradición familiar, fracturando el macizo, el cuerpo de la roca encargado históricamente de oprimir a toda mi familia, y también a familias similares que se multiplican como arquetipos de la más cruel castración.

Mi tío Alberto y yo llegábamos, y en el transcurso del recorrido hacia el pabellón donde se encontraba mi madre hacíamos algún comentario sobre los almendros y la sombra que aportaban, destacando el brillo del piso de los pasillos, para terminar siendo víctimas de las miradas posesivas de otras enfermas que seguramente habían arrastrado sus difíciles y conmovedoras biografías hasta el espacio acusador de la institución.

La de Luisa, por ejemplo, que se enamoró de su padre cuando apenas tenía catorce años y dedicó mucho tiempo a seducirlo con aparente sobriedad e infinita paciencia. Al terminar sus estudios de microbiología ya había comprendido el modo de acechar sus zonas vulnerables. Un buen día dejó caer su cuerpo minado por puntos voluptuosos entre las grietas que la conectaban con la fragilidad de su padre.

El hecho es que cada cerebro debe responder a su condición de antigüedad, a su memoria, que lo persigue a cada instante mostrándole olores, sonidos, voces que retornan para remover la precaria arquitectura de nuestra psiquis. Como en una ceiba, en él existen marcas, nudos, ranuras casi imperceptibles que describen nuestra relación con el dolor y otras percepciones.

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