El músico Bob Dylan ha hecho llegar a la Academia Sueca su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura hace apenas unos días, el 5 de junio. Según el reglamento del premio, el discurso de aceptación es un requisito imprescindible para cobrar el efectivo que viene con el premio: ocho millones de coronas suecas. Dylan recibió el diploma y la medalla del Nobel de Literatura el 1º de abril, casi cuatro meses después de la ceremonia oficial de entrega de los galardones, a la que no asistió. Su discurso de aceptación, por cierto, ha sido acusado de plagio.

Dice el discurso de Bob Dylan:

Cuando supe que había obtenido el Premio Nobel, me surgió la pregunta de cómo se relacionaban exactamente mis canciones con la literatura. Quise reflexionar sobre ello y ver dónde se hallaba la conexión. Voy a tratar de articularlo. Y lo más probable es que lo haga dando rodeos, pero espero que lo que diga valga la pena y tenga sentido.

Si tuviera que volver al amanecer de todo, creo que tendría que empezar con Buddy Holly. Buddy murió cuando yo tenía dieciocho años y él veintidós. Desde el momento en que lo escuché por primera vez, me sentí identificado. Sentí casi que era como un hermano mayor. Hasta pensé que me parecía a él. Buddy tocaba la música que me apasionaba –la música con la que crecí: country western, rock ‘n’ roll y rhythm&blues–. Tres hebras separadas de la música que entrelazó y fundió en un género. Una marca. Y Buddy escribía canciones –canciones que tenían bellas melodías y versos imaginativos–. Y cantaba muy bien –cantaba con distintas voces–. Él era el arquetipo. Todo lo que yo no era y quería ser. Lo vi sólo una vez, unos días antes de su muerte. Tuve que viajar 100 millas para verlo actuar y no me decepcionó.

Era poderoso y electrizante y tenía una presencia imponente. Yo estaba a sólo seis pies de distancia. Estaba hipnotizado. Le miré la cara, las manos, la forma en que marcaba el ritmo con el pie, sus grandes gafas negras, los ojos detrás de las gafas, la forma en que sostenía su guitarra, su postura, su traje elegante. Todo él. Aparentaba más de veintidós años. Algo en él parecía permanente, y me llenó de convicción. Entonces, de repente, sucedió lo más extraño. Me miró directamente a los ojos y me transmitió algo. Algo que no sé lo que era. Y sentí escalofríos.

Creo que fue un día o dos después de que su avión se estrellara. Y alguien –alguien a quien nunca había visto– me dio un disco de Leadbelly que incluía la canción “Cottonfields”. Y este disco cambió mi vida en ese momento y en ese lugar. Me transportó a un mundo desconocido. Fue como una explosión. Como si hubiera estado caminando en la oscuridad y, de repente, la oscuridad se iluminara. Era como si alguien hubiera puesto sus manos en mí. Debo de haber tocado esa canción cientos de veces.

Estaba en un sello discográfico del que nunca había oído hablar con un libreto dentro lleno de anuncios de otros artistas del sello: Sonny Terry y Brownie McGhee, The New Lost City Ramblers, Jean Ritchie, string bands. Nunca había oído hablar de ninguno de ellos. Pero consideré que si estaban en esta etiqueta con Leadbelly, tenían que ser buenos, así que necesitaba escucharlos. Quería saberlo todo y tocar ese tipo de música. Todavía me atraía la música con la que había crecido pero, de pronto, se me olvidó. Ni siquiera lo pensé. En ese momento, hacía tiempo que esa música había desaparecido.

Todavía no me había ido de casa, pero estaba ansioso: quería conocer esa música y a la gente que la tocaba. Al final me marché del hogar y aprendí a tocar esas canciones. Eran diferentes de las canciones que ponían en la radio y que había estado escuchando hasta entonces. Eran más vibrantes y más sinceras. Con las canciones que suenan en la radio, un intérprete podría conseguir el éxito como con una tirada de dados o una buena mano de cartas, pero eso no importaba en el mundo del folk. Todo era un éxito. Todo lo que tenías que hacer era escribir buenos versos y ser capaz de tocar una melodía. Algunas de estas canciones eran fáciles, otras no. Tenía una predisposición natural para las viejas baladas y el country blues, pero todo lo demás lo tuve que aprender desde cero. Tocaba para un público pequeño, a veces de no más de cuatro o cinco personas, en una habitación o en una esquina en la calle. Había que tener un amplio repertorio, y tenías que saber qué tocar y cuándo tocarlo. Algunas canciones eran intimistas, en algunas había que gritar para que te escucharan.

Puedes aprender la jerga escuchando a los artistas folk de los primeros años y cantando sus canciones. La interiorizas. La cantas en los blues a tiempo rasgado, en las canciones de trabajo, en las canciones que cantaban los marinos mercantes de Georgia, en las baladas de los Apalaches y en las canciones de los cowboys. Escuchas los matices y aprendes los detalles.

Ya sabéis de qué va esto. De sacar la pistola y volver a meterla en la pistolera. De abrirte camino a través del tráfico, de hablar en la oscuridad. Ya sabéis que Stagger Lee era un mal tipo y que Frankie era una buena chica. Ya sabéis que Washington es una ciudad burguesa y ya habéis oído la voz profunda de John the Revelator y ya habéis visto al Titanic hundirse en un arroyo cenagoso. Y sois colegas del vagabundo irlandés y del chico de las colonias. Escuchasteis la batería amortiguada y los flauitines que tocaban bajito. Habéis visto al lujurioso Lord Donald clavarle un cuchillo a su mujer y a muchos de vuestros camaradas envueltos en lino blanco.

Ya había interiorizado la jerga totalmente. Conocía la retórica. Nada de eso se me escapó: los artefactos, las técnicas, los secretos, los misterios, y también conocí todos las carreteras desiertas por las que circulaban. Podía hacer que todo estuviese conectado y que se moviera con la corriente del día. Cuando empecé a escribir mis propias canciones, la jerga folk era el único vocabulario que conocía, y lo usé.

Pero yo también tenía algo más. Tenía principios y sensibilidades y una visión informada del mundo. Y la había tenido desde hace tiempo. Lo aprendí todo en la escuela primaria. Don Quijote, Ivanhoe, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Historia de dos ciudades, todo lo demás –lectura típica de la escuela secundaria que te da una manera de ver la vida, una comprensión de la naturaleza humana y un estándar para medir las cosas–. Tomé todo eso conmigo cuando empecé a componer letras. Y los temas de esos libros funcionaron en muchas de mis canciones, ya sea a sabiendas o sin intención. Quería escribir canciones que fuesen diferentes a cualquier cosa que alguien hubiera escuchado, y estos temas eran fundamentales.

Algunos de los libros específicos que han permanecido conmigo desde entonces, los había leído en la escuela secundaria. Quiero hablarles de tres de ellos: Moby Dick, Sin novedad en el frente y La Odisea.

Moby Dick es un libro fascinante, un libro que está lleno de escenas y diálogos dramáticos. El libro te exige. La trama es sencilla. El misterioso Ahab –capitán de un barco llamado el Pequod– un egomaníaco con una pierna de perno que persigue su némesis, la gran ballena blanca Moby Dick que se la arrancó. Y la persigue desde el Atlántico, bordeando la punta de África y adentándose en el Océano Índico. Persigue a la ballena de una punta a otra de la Tierra. Es un objetivo abstracto, nada concreto o definido. Él la llama Moby el emperador, y la ve como la encarnación del mal. Ahab tiene una esposa y un hijo en Nantucket que recuerda de vez en cuando. Ya podéis imaginaros lo que acaba sucediendo.

La tripulación del buque está formada por hombres de diferentes razas, y cualquiera que vea a la ballena recibirá la recompensa de una moneda de oro. Una gran cantidad de símbolos del zodíaco, alegorías religiosas, estereotipos. Cuando Ahab se encuentra con otros barcos balleneros, presiona a los capitanes para obtener detalles sobre Moby. ¿Lo han visto? Hay un profeta loco, Gabriel, que predice la condena de Ahab. Moby encarna al dios Shaker y cualquier trato con él llevará al desastre. Se lo dice al capitán Ahab. Otro capitán del buque, el Capitán Boomer, pierde un brazo contra Moby. Pero él se aguanta y está feliz de haber sobrevivido. No puede aceptar la sed de venganza de Ahab.

Este libro cuenta cómo los diferentes hombres reaccionan de distintas maneras a la misma experiencia. Hay mucho del Antiguo Testamento, mucha alegoría bíblica: Gabriel, Raquel, Jeroboam, Bildah, Elijah. Nombres paganos también: Tashtego, Frasco, Daggoo, Fleece, Starbuck, Stubb, Martha’s Vineyard. Los paganos son adoradores de ídolos. Algunos adoran pequeñas figuras de cera, algunas figuras de madera. Algunos adoran el fuego. El Pequod es el nombre de una tribu india.

Moby Dick es un cuento marinero. Uno de los hombres, el narrador, dice: “Llámame Ismael”. Alguien le pregunta de dónde viene, y él dice: “No está en ningún mapa. Los verdaderos lugares nunca lo están”. Stubb no da significado a nada, dice que todo está predestinado. Ismael ha estado en un velero toda su vida. Llama a los veleros su Harvard y su Yale. Y mantiene su distancia de la gente.

Un tifón golpea al Pequod. El capitán Ahab cree que es un buen presagio. Starbuck, que piensa que es un mal presagio, considera matar a Ahab. Tan pronto como la tormenta termina, un miembro de la tripulación cae del mástil del barco y se ahoga, anticipando lo que está por venir. Un sacerdote pacifista cuáquero, que en realidad es un hombre de negocios sanguinario, le dice a Flask: “Algunos hombres heridos siguen el camino de Dios, otros el camino de la amargura.”

Todo está mezclado. Todos los mitos: la Biblia judeo-cristiana, los mitos hindúes, las leyendas británicas, San Jorge, Perseo, Hércules, todos ellos son balleneros. La mitología griega, el negocio sanguinario de cortar una ballena. Muchos hechos en este libro, como conocimientos geográficos, el aceite de ballena –bueno para la coronación de la realeza, familias nobles en la industria ballenera: el aceite de ballena se usa para ungir a los reyes–, la historia de la ballena, frenología, filosofía clásica, teorías pseudocientíficas, justificación de la discriminación, todo incluido y nada racional. Ilustres persiguiendo la ilusión, persiguiendo la muerte, la gran ballena blanca, blanca como el oso polar, blanca como un hombre blanco, el emperador, la némesis, la encarnación del mal. El capitán demente que en realidad perdió su pierna hace años tratando de atacar a Moby con un cuchillo.

Sólo vemos la superficie de las cosas. Podemos interpretar lo que está debajo de cualquier forma que creamos conveniente. Los tripulantes caminan en la cubierta escuchando las sirenas, y los tiburones y los buitres persiguen la nave. Leer los cráneos y las caras como se lee un libro. Aquí hay una cara. Lo pondré delante de usted. Léalo si puede.

Tashtego dice que murió y renació. Sus días extra son un regalo. No fue salvado por Cristo, sin embargo, dice que fue salvo por un compañero: un no cristiano. Una parodia de la resurrección.

Cuando Starbuck le dice a Ahab que debe pasar página, el capitán enojado le responde: “No me hables de blasfemia, hombre, porque sería capaz de golpear al sol si me insultara.” Ahab, también, es un poeta de la elocuencia. Él dice: “El camino hacia mi propósito fijo está puesto con rieles de hierro sobre los cuales mi alma está diseñada para rodar.” O estas líneas: “Todos los objetos visibles son máscaras de cartón.” Frases poéticas que no pueden mejorarse.

Finalmente, Ahab ve a Moby y aparecen los arpones. Los barcos se vacían. El arpón de Ahab ha sido bautizado en sangre. Moby ataca el barco de Ahab y lo destruye. Al día siguiente, vuelve a avistar a Moby. Los barcos se vacían de nuevo. Moby ataca de nuevo el barco de Ahab. Al tercer día, otro barco entra. Más alegoría religiosa. Se ha elevado. Moby ataca una vez más, golpeando al Pequod y hundiéndolo. Ahab se enreda en las cuerdas del arpón y cae de su barco a una tumba acuosa.

Ismael sobrevive. Está en el mar flotando en un ataúd. Y eso es todo. Esa es toda la historia. Ese tema y todo lo que implica funcionaría en más de una de mis canciones.

Leer el discurso completo aquí.