Conocí sus riberas por el año 1975, a dos de instalada la institucionalidad dictatorial. No me refiero al “río de las raíces” como lo llamaba Neruda, el caudal que amparaba a los araucanos y que atraviesa su Canto general. La verdad, no; escribo sobre la feria de Bío-Bío que ha cobijado buena parte de mis fines de semana, situada dentro y fuera de un edificio de dos pisos, muy altos, que funcionó, entiendo, hasta los años sesenta, en tanto curtiembre y zapatería. Como está en el barrio Matadero le llegaban los envoltorios de los animales sacrificados y desollados con una crueldad estrictamente humana que aún quiere parecer naturalidad, a propósito de alimentarse. Crisis económicas a propósito de los gobiernos de Jorge Alessandri y Frei Montalva la cerraron y el edificio quedó vacío, como un animal desollado. Ocupan toda una manzana cuatro calles que son Víctor Manuel y Bío-Bío, Placer y San Isidro, en cuyo interior se instalaron negocios de todo tipo: herramientas, ropa, libros, antigüedades.

Lo que en Chile se llama genéricamente cachureos, aquello que está para la basura, pero una solapada melancolía impide hundirlos allí, en el perdedero, para no verlos perecer. Cosas que nos miraron y acompañaron por décadas, a veces toda una vida, ¿las vamos a botar así sin más? Estos son, qué duda cabe, los razonamientos de quien es cómplice de aquellas actitudes, de esas tenacidades. ¡Esta lámpara era de mi mamá, cómo la voy a botar!, protestamos ante nuestros hijos millennials. Neruda no se declaraba cachurero sino cosista. Amaba las cosas y declaraba en su célebre “Oda a las cosas”: “Amo las cosas locamente”, de ese modo advierte el vate en su poema desde el comienzo. Un cosista o cachurero jamás piensa en la utilidad de los objetos, lo menos esencial, lo que importa es la estética o antiestética para la otra esfera del mundo que prefiere la estabilidad y el reemplazo.

¡Son dos hemisferios de personas absolutamente irreconciliables!

Las ansias, llamémoslas así, con pedantería, son inabarcables, no logran ser satisfechas nunca, una cosa lleva a otra y a otra, sin punto final. Ningún cosista pone fin a su trayectoria con la adquisición del último objeto; el último será siempre el penúltimo o el antepenúltimo para desesperación de los demás moradores de la casa, léase esposa e hijos que, por lo común, se oponen a estos francos despliegues de senectud, así opinan, sin advertir la pasión que se genera en mirar, tocar y obtener las cosas. ¿Dónde irán a morir ellas y su dueño?

También afirmaba Neruda que no existe un coleccionista honrado. La pasión, mezclada con ansiedad y temblores, lleva al delito que debe, en lo posible, quedar en la impunidad. El penúltimo objeto conseguido da paso al próximo y al siguiente, hasta el hartazgo, la acumulación, en casos extremos el mal de Diógenes, el extravío, la fusión del coleccionista con los objetos adquiridos, son posibilidades cercanas a los que todo coleccionista se somete. La tragedia sería volverse una cosa más detenida en una casa, repleta de otras miles, a la que nadie llega jamás para mirar nada, a merced del tiempo y del polvo, el silencio y la oscuridad. El Jota Cruz, restaurante de chorrillanas en Valparaíso y de la canción “Valparaíso mi amor” que canta en su interior un guitarrista, hace décadas, es un santuario de las cosas inútiles atiborradas en vitrinas repletas. El paraíso de la fealdad puede ser; no obstante, es un espacio de acumulación atrayente, seduce tanta cantidad, tanto acopio, tanto deseo de conservar y no destruir aquello que por esencia es ineficaz, todo lo que carece de finalidad, de uso, de empleo. Las casas nerudianas eran palacios de objetos decorativos, pasadizos y habitaciones sin más objeto que acumular todo aquello que su poseedor se obstinaba en que no desapareciera. Ocurre algo muy parecido en la actualidad con los libros, las bibliotecas: parecen álbumes de estampillas, de fotos en sepia, de daguerrotipos, de estampas caducas.

“¿Y usted los ha leído todos?”. Es la eterna interrogante de quienes ven en un libro a un aburrido enemigo.

Todo esto lo sostiene la feria de Bío-Bío, con una bella obstinación destinada a amparar lo que fue condenado al desamparo, el vertedero y el hacha. Hay que perseverar en seguir visitándola y adquiriendo esas cosas, como cosistas vocacionales que somos, aunque seamos los últimos.

MARIO VALDOVINOS
Mario Valdovinos (Santiago, 1957). Narrador, dramaturgo, guionista y crítico literario. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varias universidades chilenas. Fue coanimador del programa cultural de radio Vuelan las plumas de Radio Universidad de Chile, entre 2001 y 2007. Ha publicado las novelas Breviario de fantasmas (RiL Editores, 2005), Post Humo (Planeta / Emecé, 2010), Lihn, la muerte (Desatanudos, 2012), entre otros libros. Es colaborador habitual de El Mercurio y Revista Intemperie.
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