Amélie Nothomb, fotografía de cubierta ‘Pétronille’ (Anagrama, 2016)

Cualquiera que haya visto en directo o por fotos a la escritora franco-belga Amélie Nothomb (Kobe, 1967) habrá reparado en su look desafiante y atractivo. Parece haberse escapado de una película de vampiros o de un disco de Sopor Aeternus. Luce atuendos góticos y pospunk, y quienes la han entrevistado sostienen que nunca parpadea, sus ojos jamás se cierran y permanecen siempre atentos a las preguntas del interlocutor.

Suele cruzar sola el cementerio de Montparnasse buscando una estación del metro que la deje cerca de su casa. Le gusta comer frutas casi podridas y, para inspirarse, escucha por igual a Schubert y a Radiohead. Su película favorita es Vértigo de Hitchcock y usa una frase de Chateaubriand (“no desperdicies tu menosprecio porque son muchos los que lo merecen”) como lema de vida.

En una ocasión describió su particular itinerario literario: “Cada día, a las cuatro de la madrugada, me levanto, me bebo un té bien cargado de un solo trago y, envuelta en una frazada, instalada en el sofá, no paro de llenar páginas, de convertir ese té negro en tinta, hasta que han transcurrido cuatro horas. Entonces me doy una ducha, me visto y salgo a la calle, voy a buscar el correo y entro en contacto con el mundo exterior.”

Con esos datos bastaría para situarla como protagonista de cualquier novela contemporánea. Pero ha sido ella quien se ha adelantado a exponer sus propias vicisitudes en libros que hoy reciben unánimemente los aplausos de la crítica y del público. Amélie Nothomb escribe cuatro novelas cortas en doce meses, pero publica sólo una al año (religiosamente todos los 1o de septiembre). Los títulos son tan desconcertantes como su propia personalidad: El crimen del conde Neville, La nostalgia feliz, Biografía del hambre, Higiene del asesino, Metafísica de los tubos, El sabotaje amoroso y, por supuesto, Estupor y temblores, el libro que en 1999 catapultó su carrera hacia lo más interesante de la literatura del último tiempo.

Estupor y temblores está narrado en clave autobiográfica y cuenta la historia de una joven belga que accede a trabajar en Yumimoto, una de las empresas japonesas más representativas. A través de una prosa cuidada y detallista, Nothomb pretende demostrar que, a pesar de que el Imperio del Sol Naciente ha transmutado en el país de las grandes multinacionales, la estructura jerárquica, castradora y violenta característica del Japón medieval sigue presente, se respira en el aire y nadie parece cuestionarla. Es así como la joven, por su doble condición humillante de occidental y de mujer, baja en la escala social y desciende del Departamento de Contabilidad al Departamento de Aseo, ocupándose de fregar cada jornada los baños de hombres de la compañía. No contentos con el cambio de rutina, uno de sus superiores la desarma con una sola frase: “Ni siquiera aspires a una cosa tan sencilla como alcanzar la tranquilidad, porque no tienes ningún motivo para estar tranquila.”

A Nothomb se le ha querido incluir en la modesta nueva generación de escritores que, por antonomasia, pueblan sus libros de personajes extraviados o narran mecánicamente historias cargadas de excentricidad y despotismo. Pero todo lo que en Bret Easton Ellis, o en Nick McDonell, o en Jonathan Safran Foer, es anecdótico, en los textos de Amélie Nothomb se vuelve trascendente. De alguna manera, la autora se las arregla para que sus protagonistas continúen siendo humanos en medio del horror y puedan redimirse allí donde los demás escritores perecen en el intento al crear meras caricaturas de los border psicópatas e hipersensibles que transitan por sus novelas. Nothomb contiene en su canon literario algo básico de cualquier escritor, y que hoy por hoy parece olvidado: el cariño por sus personajes, el tratamiento despiadado y a la vez exclusivo que hace de cada uno de ellos, aunque algunos se vayan sin remedio por el despeñadero de los excesos.

Aunque sus últimas novelas, como Pétronille, El crimen del conde Neville y Riquete el del Copete, no han estado a la altura de sus obras mayores, el camino trazado desde Higiene del asesino hasta Antichrista parece establecer su canon genuino. En Antichrista, una de sus mejores novelas, dos quinceañeras crean lazos de amistad a pesar de lo muy disímiles que son. Blanche es débil, acomplejada y solitaria, y siente admiración y envidia de Christa, una muchacha atractiva que va por la vida pisando alfombras de rosas. Sin embargo, alterando el curso natural de los supuestos, es Christa quien comienza a someter a Blanche, a invadir sus espacios, a minimizarla de manera sutil, en una relación que desliza levemente el lesbianismo y el vampirismo (volviéndose sinónimo en ocasiones). Al final, Christa acaba arrebatándole su habitación, su casa, su familia y su identidad a Blanche, entretejiendo una complicada telaraña de traumas adolescentes pocas veces descritos con tanto acierto y arrojo en la narrativa contemporánea.

Si existe un consenso en que la madurez de un escritor se logra cuando es dueño total de una serie de temáticas nuevas, inverosímiles y profundas, no queda más que admirar la precocidad de Nothomb, que con 52 años ya puede sentirse dueña de un universo personal y exquisito. Por otra parte, sus libros, a pesar de su pesada carga existencial, se dejan leer fácilmente y no suelen superar las 150 páginas. El hechizo de su prosa es casi tan envolvente como el de sus ojos y, como aquellos, sus historias tampoco se cierran nunca.

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