La última vez que dije invernadero fue en una conversación con mi padre. Habíamos salido a caminar por las afueras del pueblo. Quería enseñarme una antigua estación de trenes que el gobierno había abandonado a medio hacer, hacía 30 años –mi edad–. Caminamos y caminamos. Sorteamos calles estrechitas, bordeamos la espalda del cementerio, salimos a un campo sembrado. Una casa en medio de un marabuzal. “El país de la siguaraya” –pensé.

—¿Qué es la siguaraya? ¿Un árbol?

—Un árbol, no; un arbusto.

—¿Se parece al marabú?

—No, no tiene espinas. Pero sí unas flores blancas, medio verdosas, que dan miel.

Entonces salimos a la explanada. Hacía tiempo que no encontraba nada así; pero lo sabía. Cuando se conjuraban esas palabras (estación de trenes abandonada, campos roturados, años ochenta), siempre sobrevenía algo. Por eso, tras vagar un rato por la casa, me puse una ropa cualquiera, me recogí el pelo y salí. Acompañando a mi padre el explorador… mi padre, que ya no puede volar lejos, afilándose el pico entre las alas cortadas, decide dar un paseo y reconocer los terrenos que rodean la casa. Así es capaz de llegar al municipio siguiente. Una mente sin límites en un cuerpo de 70 años; un muchacho que se sube trastabillando en las ramas, por cogerme una chirimoya aunque esté verde… Mi misma terquedad, mi herencia.

La explanada se extendía hacia el Mariel y hacia la estación abandonada (detrás de la prisión de Guanajay), hacia las montañas rocosas de las que venían cargados los camiones, hacia la estación final: El Almendares… Parecía un paisaje lunar –o lo que uno puede imaginar como un paisaje lunar–, parecía el paisaje que quedaría después del fin. No me contuve y recogí una piedra. Había que caminar mucho todavía, así que enseguida me arrepentí; pensé que me pesaría cargarla tanto rato, pensé que otras piedras llamarían mi atención. Pero me quedé con esta, como si el azar fuera algo contra lo que no se puede ya luchar cuando comienza a andar su maquinaria. La sostenía con una mano y la tocaba con la otra: era arcillosa, húmeda. Los pedazos que se desprendían me iban manchando el borde de la capa, si no entrando por las mangas hacia quién sabe dónde. Contaminándolo todo –me dije, y creo que era la visión que tenía de mí: alistada para un viaje peligroso, con aquella capa enorme y verde, que casi no me dejaba despegar los brazos del cuerpo–. Como si caminara por encima de un planeta donde la atmósfera fuera otra, y la fuerza de gravedad fuera mayor…

La explanada amarillenta. El verde monótono, confundiéndose a lo lejos con el cielo nublado. Un aura tiñosa. Una garza negra posada sobre un árbol cuyo nombre desconozco. Dos muchachos, cargando caña para echarla a los caballos. El coche sin uncir; en su respaldar, el retrato oval de un caballo, quizás ya muerto, y un letrero en el borde, que no pude leer.

Caminamos hasta llegar a un puente bajo el que pasa un río chico.

—Un río de pueblo –dice mi padre.

—Un río negro –me digo al pensar que en Guanajay no ha habido nunca alcantarillado.

La explanada se divide en tres. Tres hileras de planchas, tres pasos de tren, tres posibilidades de chocar hierro contra hierro, pasajero feliz con pasajero aletargado.
Un ruido y nos pegamos a la orilla. De la lejanía viene un camión con rocosa. Mi padre observa que hay montones de arcilla más rojiza que otra. Mi padre el detallador del paisaje. Con menos palabras que antes, pero con el ojo inquieto…

—¿Qué es aquello, una laguna, una presa?

—No, unas naves. Son unos techos… de zinc.

—A lo lejos parece agua.

Casi llegamos al otro puente. Por la derecha avanza bamboleante un bicitaxi.

—Debe cobrar como 500 pesos por sacar a alguien de aquí –me río con la ocurrencia de mi padre y bajo a ver ese otro “puente”. Más bien un túnel bajo la carretera. Por el que caben bicitaxis, coches, motos y quizás algún carro pequeño. Un camión ni pensarlo… Subo corriendo. Seguimos camino. En el piso veo a intervalos pedazos de ropa, una chancleta, una correa de sandalia, blanca, con circulitos azules… Dónde está la gente que llevó estas cosas…

El camión viene de regreso; ya casi puedo ver de dónde saca su carga. A lo lejos una grúa le alcanza paletadas de tierra. A lo lejos, por fin, a la izquierda, la estación abandonada: una planta pequeña, con las paredes en carne, sin puertas ni ventanas, con los boquetes solamente. Enfrente, un andén de unos 100 metros, con plataformas de entrada y de salida. Dicen que estaba resguardado por una capa de enredaderas tan gruesa que hubo que removerla con sierras.

Antes de llegar a la estación veo por fin, a la derecha, aquello que confundí con agua.

—Mira, los techos de zinc… ¿Serán de una fábrica?

—No, son casitas donde siembran al calor.

—Querrás decir un invernadero

—Eso mismo. También les dicen cultivos tapados.

—Como en las casas de cura de tabaco…

—Igual pudiera ser una granja de pollos, o de puercos.

Prefiero quedarme imaginándolos como techos de cristal blanqueado. Casitas donde el frío hace crecer cultivos que no pueden soportar la luz del sol, como las flores carnívoras o los sacos que flotan, en el útero, agarrados por el cordón umbilical a la placenta, parecidos a una lamparita –según explica mi madre embelesada.

Después de la estación la explanada continúa, se pierde en recodos como una catarata, hacia El Almendares, hacia la nada inmensa. Desde las plataformas, con la mano en visera, me conformo con imaginar el inacabable rumor del ir y venir de los trenes…

Exhaustos, decidimos regresar por el camino del río. Bajamos con cuidado de no desbocarnos, como caballos enfrenados. El río chico, el río de pueblo, el río negro… relleno de basura. Unos perros bordean las márgenes buscando sustento. Un hombre llama a las vacas para llevarlas a casa.

—¿Viste la torre de vigilancia de la cárcel?

—¡Qué locura! Un motín, saltan la cerca y toman la estación…

—No seas novelera, ¿adónde iban a ir?

—Podrían irse en barco, por Mariel… –mi padre se ríe de mi ocurrencia y sigue andando por el borde del río, como un niño, como si no buscara de veras el final.

Mira, eso es una siguaraya; siempre están cerquita de los arroyos.

Esas sí que no necesitan invernadero –pensé mientras me cruzaba con un brazo de muñeca abandonado–… Qué edad tiene ahora quien jugó con ella… Dónde está la gente que trabajó en esta estación. ¿Alguno estará aquí, de vuelta? ¿Y cuántos subieron a los barcos? Todavía en la Edad Media… (100 años para construir una catedral). Pero hoy… (30 años para armar y desarmar una estación de trenes). Nunca me acostumbro a esa manera de pensar el tiempo. Quiero encontrar el amor ya, quiero escribir, quiero vagar, quiero mostrar mi cuerpo de labranza ahora, que bajo este cielo sin invernadero pronto será un mascarón de proa… vacío.

Ya en casa, mientras mi padre pelaba caña, me sobrevino un buche ácido. Con él se me subió a la cabeza el recuerdo de un viaje, impreso en láminas difusas, de cuando mi novio era un yogui explorador. Ese día, montados en un taxi de Guanajay a Mariel, buscando las ruinas de no sé cuál condesa, terminamos en el castillo de la colina. Tras las postas militares. En las paredes, las huellas de coitos interruptos y fans del rock. Entre las baldosas levantadas del piso, una rosa de los vientos, deshojada de cuajo. Desde el balcón, mi novio filmó el muelle sobre el que nos entretendríamos en un rato:

contando botecitos

memorizando

sus nombres

desafiando

desganados

el sol.

En la escalinata, un río de bosques crecidos apretaba el paso.

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