Dice la nota:

Un árbol que camina dando memoria de su bosque, en eso pienso cuando leo y releo el libro recién publicado de Alessandra Molina (Algodón del sueño, cuchillo de los zapatos), cuando leo y releo toda su poesía. Porque si bien podría pensarse que las últimas generaciones de poetas han olvidado a la naturaleza, envueltos en el flujo afiebrado de la vida íntima y social, ocurre en muchos de ellos todo lo contrario, y uno de los casos en que se da pruebas sobradas y auténticas de ello es este. La autora cultiva una poesía de una rara teluricidad donde las imágenes, en vez de ensancharse hacia el cielo, recorren el universo en su condición de intercambio con la tierra o hacia su interior. Entonces obrar sobre la tierra se torna un misterio que la mirada apresa con el debido ángulo o distancia, misterio como esencia que mana de los hechos, no como subterfugio o pretensión de la palabra. “En fin, el desdén venturoso del linaje”.  Debido a que, en los planos de lo físico, como afirma Antonio José Ponte, misterio parece equivaler aquí, entonces, a dificultad para ser naturaleza.[1] Proyectándose un viaje que va de lo natural a lo natural por secretas sendas. Se le canta a la tierra como madre que se olvida o se ignora en insólitas plegarias o alabanzas, en un himno secreto, insospechado. Es la tierra cantándose y distinguiéndose de cuánto la rodea, o celebrando cuánto la rodea. Se podría decir al mismo tiempo que tiene lugar aquí la personificación de la tierra como milagro olvidado o misterio cotidiano, como la despersonalización del sujeto desde la que se “habla” de la naturaleza, este último argumento es otro de los recursos que innegablemente obliga a resaltarla. O, dicho de otra manera, puede hablarse aquí lo mismo de humanización de los objetos,[2] que de la condición de accidente de los individuos,[3] o de la incapacidad de la palabra y el pensamiento para describir aconteceres humanos. La terrible e inevitable materialidad que nos acecha procurando un color desvaído a nuestro mundo.

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[1] Antonio José Ponte: “Prólogo a As de triunfo”, Ediciones Unión, La Habana, 2011, p. 9.

[2] Son dotados de vida seres inanimados que se vuelven extensiones idénticas del hombre. Los útiles o herramientas se parecen a la materia que sirven. Véase el poema “Red para mariposas”.

[3] Describir a los seres como accidentes naturales con la misma imprevisibilidad que un devenir de instantes le sitúe. Eso le posibilita engalanar el cuerpo humano con las metáforas de la naturaleza. Véase el poema “Trasiego de los bosques”.