‘Feralʼ en Estudio DNasco: más que una exposición, un ecosistema

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‘Las manchas patrón rosetas’, Aaron R. Moreno, 2020

En un medioambiente de sonidos, fotografías, videos, voces, pulsaciones y sutiles luminarias pudo adentrarse el visitante este viernes 17 de enero antes de caer la tarde. Mientras otras exposiciones eran abrigadas en La Habana por galerías de arte equidistantes, Estudio DNasco abrió sus puertas otra vez en Espada #214. Poblándolo como un ecosistema, llegó la muestra colectiva Feral, propuesta anual de SenseLAB, que será exhibida en la capital de Cuba hasta el 24 de enero, en el horario de 11:00 a.m. a 5:00 p.m.

Como proyecto bilateral que ha interconectado por más de una década la Universidad de las Artes (ISA) con la Alanus Hochschule, SenseLAB ha sido puente desde 2009 entre creadores de Alemania y la Isla, en talleres donde se han visto converger estudiantes y artistas de más larga data, tanto de aquí como de allá, hasta haber llegado en esta edición a incorporar creaciones de otros países, como Estados Unidos, Japón y Noruega.

En 2020, en tres salones que representaban –según sus organizadores– pasado, presente y futuro, Feral invitó a reflexionar acerca de la flora, la fauna y sus conexiones con el ser humano, en una expo que mira sin pestañear al escenario contemporáneo –con sus conflictos de a pie y sus mass media–. La exposición y el taller son el sueño de una pareja de curadores, la profesora y artista visual germana Andrea Sunder-Plassmann y el crítico de arte cubano Frency Fernández Rosales, quien obtuvo en 2019 el Premio Guy Pérez Cisneros y labora actualmente en México. Las búsquedas habituales de SenseLAB, en relación con lo sensorial y con el arte-terapia, la psicología y la filosofía, se centraron esta vez en el entorno natural y en los diálogos del individuo con un mundo salvaje al que no se trata tanto de volver como de reconocer nuestra pertenencia a él, el ser-en-común.

Jáquima fue el performance que animó el vernissage, durante el que el dúo compuesto por el bailarín Eglier Alfonso, de la Compañía de Carlos Acosta, y el estudiante de Artes Visuales Shaquille Núñez representaron, casi a duelo, un diálogo mudo de gestos y miradas, para hablarles a los vínculos que se establecen entre los humanos y otros seres vivientes, de su especie o no, desde plantas hasta fieras. Amarrados con una soga, como caballos emparejados y disparejos (uno alto y elegante, el otro bajo/ uno negro y pelilargo, el otro blanco…), puestos frente a frente, la pareja se desplazó por los salones del estudio, interactuando a través de lo paralingüístico y transmitiendo la tensión del entrelazamiento y la interdependencia, más como vínculo que como cárcel.

Si esa acción performativa privilegió, entre los sentidos, el tacto y la vista, otras piezas conjugaron luces, videos, música –lo que no es de extrañar si se recuerda que Feral es justamente un tema de Radiohead–. “You are not mine./ I am not yours/ It is all fine. Please, donʼt judge, judge…” , dice la canción. Y cuánto mejor para describir esa relación “biosaludable” del hombre con lo que le rodea –según propone SenseLAB–: una donde no haya jerarquías, dominaciones ni pensamiento ilustrado del que desajusta lo mismo un sistema de vida que una galaxia.

A colindar/ copular/ ver, a la par que cuestionarnos nuestra actitud frente a todo lo real en tanto materia viva, nos impulsan de hecho, instalaciones, filmaciones y fotografías. Así el entramado o raigambre aéreos Río Negro, pieza en proceso, de Dania González, que en efecto aglutina arenas negras y que pudiera ir describiendo con su morfología los meandros de otras aguas. Otras piezas que me interesan especialmente entre lo que denominaré “presenciación” (un arte de “hacer o poner en presencia”) son, por ejemplo, Haemulon y Clupea, la miríada o mancha de peces impresa como “ictiogramas” sobre papel acolchado por Hanoi Pérez –otrora integrante del grupo Enema–. Igualmente, Jardines de Guanímar, donde Ira Kononenko nos ofrece película a película/ fotog-rama a fotog-rama la serie de plantas que logró imprimir por contacto al sol. Y El último siglo —pieza inspirada en una ilustración de Humboldt, de Daimely Lorenzo y Ana Gabriela Valdés, con la aislada visión de una montaña encerrada en una caja, como la última de las supervivientes, en pos de simbolizar tal vez la era ya arruinada por venir, en que el planeta devendrá un espejismo, semejante a los vestigios que ya podríamos decir que se han salvado en la futuridad de grabaciones colaborativas como las de Artificio del mito, de FM7 (Mario Álvarez y Fabián González), o en Browsing Beauty, de Sigi Torinus, Andrea Sunder-Plassmann y Brent Lee, y asimismo en ese video intervención donde aletean de blanco a negro los Birds II, de Pablo V. Bordón. En este punto, por sus reflexiones sobre la evolución adaptativa del camuflaje entre los seres vivos –que no representa en imagen alguna–, puede considerarse Las manchas patrón rosetas, de Aaron R. Moreno, una instalación en la que se proyecta en un pequeño y antiguo televisor una disertación sobre la mimesis de las especies –y que lamentablemente deja ver par de erratas en pantalla–, mientras que el envejecimiento del medio en que se presenta el mensaje nos deja pensando sobre los discursos científicos y cómo van periclitando rápidamente, en tanto los cambios vitales y sociales se suceden vertiginosos.

Otra zona que se aventura en lo surreal o imaginario y también en la memoria, ya camino del artificio o ya hallándolo en lo que se encuentra a su paso, para resignificar la realia que maneja, abarca otras autoras. Por una parte, reliquiae, donde la propia Sunder-Plassman introduce en la cámara oscura sus visiones sobre la existencia de los dinosaurios y les suma otra efigie en relicario del “espíritu” de animales extintos; y, por otra, Biome Mission Reliquary, de Lauren Ruiz, quien recrea con plástico, en pomos iluminados como los de los museos o de las colecciones de los anatomopatólogos, lo que podrían ser restos de órganos, fetos, algas, mundos… Asimismo, pienso en Elephant on the Moon, ese sobreviviente de Nobuho Nagasawa, quien con su ironía construye un ejemplar que ha tocado la superficie lunar y que remite, por su forma o por su título, tanto a un cuadro de Salvador Dalí como a una canción de R.E.M., junto al gran paso de la ciencia que fue la primera alunización; sin embargo, al variar al héroe de la historia, tanto se ridiculiza la hazaña como se mitifica y se abren visos legendarios sobre una probable migración de los habitantes del planeta hacia otros cuerpos celestes necesarios.

Elementos, de Alexis Parra (donde el antiguo Teatro Campoamor exhibe un árbol frondoso entre sus muros), o Brief History of Us, de Bárbaro Guerra (donde el árbol como cadáver puede representar tanto un amor destajado como la poca valía de la relación hombre-planta) se hallan entre la presenciación y la denuncia, entre lo fantasmagórico y lo verídico. En relación con este par, pueden traerse a colación otros trabajos, por su carácter expresivo y sus demandas al género humano, desde procurar la atención sobre los Insects, Insights and Thinking Spheres, de Kristin Bergaust, hasta reflexionar sobre los significados metafóricos y los deslizamientos y los campos semánticos que rodean el reino natural al que pertenecemos con Animal. Anima. Animus, de Linda Weintraub. Por su parte, el video-performance Diocane, de Yamil Orlando, resulta una pletórica acusación, donde el autor encarna el tratamiento de un perro de pelea y superpone a una larga golpiza en carne propia las voces testimoniales de personas involucradas en el ruedo de esas sangrientas apuestas que nos recuerdan que la ley de protección animal sigue sin ser aprobada en Cuba.

Zono-Grama “Ácana”, de Yamilé Pardo y el Prototipo de análisis de factores bióticos, de Lisa Gómez, son mis piezas favoritas por el misterio que ambas guardan, resuelto de un modo que, aun colocado en ese entrelugar de arte y ciencia, rezuman un efecto estético, ya por el placer visual o auditivo o ya por el placer intelectual. Yamilé tomó dos objetos descontextualizados como a ratos suele: un cubo de cristal de punta quebrada, que refracta la luz de la sala y, al estar colocado en una esquina, lanza dos rayos hacia la otra pared que lo abriga; y un tronco que lasqueó y fotografió, donde –tras ciertos aumentos de las texturas de esos anillos que siempre delatan su edad– apareció una notación de rayas y puntos que terminó en la parte de abajo del cubo y siendo leída como música en voz de la mexicana Carmina Escobar, que se escucha como parte de la instalación. Lisa, a su vez, logró con un arduino implementar en la computadora un programa que mide los niveles de electricidad de todo lo que se ponga a su alcance, por ahora plantas, pero también ella misma, si se quiere. Ese patrón merodea en la pantalla con variaciones si ella se entusiasma como anoche y, para mostrar cómo funciona, coloca el censor en cualquier otra cosa. Su instalación nos pone ante un “cuadro vivo”, en movimiento, entretanto Yamilé se pregunta qué otros troncos u objetos podrá fotografiar en detalle, hasta sacarles música, como hiciera su abuelo…

Mención aparte merece la pared donde se observa Immersive, la sinfonía interpretada por los estudiantes de 1er año de Alanus Hochschule, de la clase de Andrea Sunder-Plassman. Involucrados hasta el tuétano en las fotos donde se funden y confunden, en diferentes actitudes y tesituras, con su medio de inspiración, los jóvenes ofrecen su entrega erótica, escenas del realismo al romanticismo, del expresionismo a un misticismo que hace venir a la mente los espíritus de la naturaleza: ninfas, dríadas, bacantes, sátiros…

Como ellos con los elementos, la curaduría entremezcló atinadamente las piezas en DNasco: deslumbramientos y sombras, sonoridades, proyecciones, formatos, gestos. Este de SenseLAB es un salón de arte que nos deja entrar a su ordenamiento (estructural, musical), a su equilibrio, como a un ecosistema. Como instrumentos del gran baile nos sentimos y es seguramente uno de los empeños del workshop: deshacernos de la “naturaleza muerta” para entrar en armonía con nuestra “selva oscura” o, mejor, con nuestro cuerpo como en un “claro de bosque semiescrito”.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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